YO TAMBIÉN FUI DE CENTRO

por Juliana Machado

Crecí en un entorno propio de los privilegios de la clase media-alta que aspira a consolidarse como oligarquía, aunque nunca lo logre. Estudié en un colegio privado y en una universidad privada: mi lugar natural de clase, habiendo estudiado ciencia política, pero teniendo preguntas sobre las desigualdades evidentes de nuestro contexto, era el centro político. Por ahí busqué parche. En ese momento entendía que éste era el lugar del cambio mesurado, técnico, rodeado de evidencia, del capitalismo con límites.

Cuando yo era de centro no hablaba de lucha de clases, ni de antagonizar la derecha. Hablaba de números, de ambientalismo, de civismo, de buenas formas, de habilidades socioemocionales. Hablaba de repudiar la sevicia de la derecha armada, pero defendiendo el orden existente. No hablaba de víctimas de Estado, sino de habilidades personales y relacionales para prevenir la violencia social. Hablaba de superar el pasado para construir un mejor futuro.

Lo que descubrí es que al centro le gusta tener la razón: no estar del lado correcto de la historia, sino tener la razón; de ahí el énfasis en las cifras. Hay un ethos individualista de construcción de conocimiento. Hablar con los demás es menos importante que tener la razón con cifras, cuyo asidero epistemológico es poco relevante. El centro no piensa en por qué el mundo es como es en clave social, ni en los posibles sesgos de las cifras y los estudios; su motivación es la técnica como forma de política, como si la técnica pudiera ser efectivamente neutra.

Foto: archivo de la autora

La política, entonces, deja de ser un proyecto de país y se vuelve un modelo con el que yo, como votante, no sólo esté de acuerdo, sino que me haga sentir identificada. No se trata de propuestas; se trata de permitirle a una clase identificarse con unas ideas y con unas promesas de pulcritud que van por encima de los “extremos”. Unas ideas que, sobre todo, les permiten no incomodarse, no organizarse, no hablar y construir con otrxs, no tragar sapos, no llegar a acuerdos colectivos, no bancarse asambleas eternas, no escuchar realidades distintas. Pueden simple y cómodamente “tener la razón”.

El problema no son, necesariamente, las propuestas del centro político, el problema radica en la razón por la que no han podido construir movimiento político y es porque hay poco interés de construir con otrxs, y sobre todo, poca disposición a sacrificar esa pulcritud en el ejercicio de masas que implica la política electoral.

Bien lo decía Sandra Borda, quién fue mi profesora en la universidad, en twitter el día después de la primera vuelta: “los de centro no son militancia, no son fieles ni disciplinados, sus líderes se pueden gastar todo el tiempo invitando a votar por izquierda o derecha y no solo no tendrán impacto alguno, sino que no tienen forma de salir bien librados de esa situación”.

Justamente, quienes se consideran de centro creen tener poca piel en juego en la contienda política. A ellos y ellas les preocupa el resultado electoral, por supuesto, pero ni su integridad física o capacidad de habitar el espacio público –como sí ocurre con las clases populares y más marginalizadas de nuestra sociedad, cuya protección aumenta en un gobierno de izquierda–, ni sus ganancias desproporcionadas –como sucede con las clases dominantes, que se benefician directamente de un gobierno de derechas– se ven amenazadas por las elecciones.

Foto: archivo de la autora

Entré a trabajar al Centro Nacional de Memoria Histórica y pasaron dos cosas en paralelo: primero, trabajé junto a un equipo de personas que con insistencia pero también con cariño me pidieron incomodarme. Nombraron en voz alta mi lugar de clase, me ayudaron a ver los sesgos que traía, a ver que yo, efectivamente, no me las sabía todas. Ellxs con solidaridad me mostraron otras formas de tener discusiones y de entender el mundo. Segundo, empecé a trabajar con la gente en los territorios, a escuchar las luchas de las comunidades campesinas, a ver cómo lxs campesinos se ‘bailaban’ a los técnicos con la realidad, a entender que la violencia tiene mucho que ver con la tierra, con la distribución del capital y con intereses políticos y económicos que buscan por cualquier medio defender lo que han acumulado.

Entendí qué era la clase y por qué nombrar la lucha de clases era una forma de describir la realidad violenta y explotada que viven mayorías, no una invitación absurda al rencor anacrónico. Aprendí a respetar profundamente el trabajo comunitario, los saberes campesinos, la formación política de los movimientos de víctimas en el país, la larga y ardua lucha por la tierra que atraviesa tanto a campesinos como a pueblos indígenas y negros, la dignidad de los movimientos obreros, la resistencia popular intergeneracional que se gesta en los barrios.

Entendí que ese pasado que antes decía teníamos que superar era, en realidad, una historia larga y compleja que refleja problemas que aún subsisten. Entendí que “superar el pasado” solo es posible para quienes nada le adeudan a ese pasado o se benefician de él, y para quienes una elección poco o nada les cambia la vida –siempre y cuando el libre mercado se mantenga vigente–.

La política entonces dejó de ser un modelo que debía adecuarse a mí como un molde y se volvió un proyecto de país más justo para todxs. Ahí empezó la verdadera incomodidad.

Foto: archivo de la autora

Hoy en día no estoy de acuerdo con todo lo que la izquierda es o ha sido en el mundo entero, tampoco defiendo todas las decisiones del gobierno actual, ni pongo las manos en el fuego por cada integrante del Pacto Histórico. La izquierda me ha roto el corazón miles de veces, me ha decepcionado también y me ha hecho llorar. Pero es que yo no estoy en este proyecto político para tener la razón, ni para decir que "me representa", yo estoy acá porque quiero cambiar este país, porque entiendo que los problemas no se arreglan con paños de agua tibia. Estoy en este proyecto porque sé que yo no tengo todas las respuestas, ni me las sé todas y es en la construcción colectiva con las mayorías en mente que las cosas mejoran.

Es simple: educación pública para todxs; industrialización de la economía; salud de calidad para todxs; una regla fiscal ajustada a las necesidades del pueblo; acceso a vías y a un transporte público digno; la tierra para quienes la trabajan y mejor si es colectiva; reparación histórica a lxs más violentados; derecho al ocio y al tiempo libre; condiciones dignas de trabajo; participación efectiva; acceso a la interrupción voluntaria del embarazo; y una vida libre de violencias.

La vía hacia eso es lo que nos batallamos hoy. Que todxs estemos mejor –y por ende algunxs la pasemos peor en el proceso– es lo que queremos defender desde el proyecto del cambio. Nadie promete un jardín de rosas ni la perfección en el gobierno de Cepeda. Acá, como bien han dicho en redes, no estamos eligiendo pareja: estamos apostándole a un camino para construir un proyecto de país más justo para las mayorías. Habrá errores, habrá retrocesos, habrá contradicciones, sí, pero asumir que solo vale la pena caminar por la vía de lo que es perfecto nos condena a una parálisis que, por un lado, puede ser un poco inmoral para esta coyuntura y, por otro, le es muy funcional al poder hegemónico; es decir, a la derecha.

Foto: archivo de la autora

Cierro con algunas cifras. Durante este profundamente imperfecto gobierno se logró: aumentar históricamente el salario mínimo, tener la tasa de desempleo más baja de los últimos veinte años, bajar la pobreza multidimensional a un sólo dígito, vincular a miles de madres comunitarias como empleadas públicas, aumentar los subsidios a madres cabeza de hogar. Se ha hecho un esfuerzo enorme por sacar adelante la reforma agraria, se redujo la deforestación nacional, se aumentó la cobertura de internet, se terminó el servicio militar obligatorio. Y más.

Ojalá la discusión política de estas semanas deje de tratar sobre nosotros mismos. Acá le hablo a mis compañeros de clase, sobre todo a aquellos que desaprobamos desde la distancia. Ojalá la discusión sea más sobre el país que queremos para otrxs – no para nosotrxs–, sobre el camino para llegar allá, sobre la justicia para las mayorías. Deseo que podamos vernos menos el ombligo y mirar más al país que merece implementar los acuerdos de paz, redistribuir la riqueza, ser más productivos para trabajar menos y vivir más. En suma: vivir mejor.

¿Sabían que Colombia es uno de los países de la OCDE que trabaja más pero produce menos? A Colombia no la está matando la pereza, la está matando la explotación y la desigualdad. ¡Ah! me faltaba decir: en este gobierno y por la bancada del Pacto Histórico, se aprobó la reforma laboral.

Foto: archivo de la autora

Lo que extraño de ser de centro es ser una interlocutora válida para quienes me rodeaban y se ubicaban más a la derecha en el espectro político. Sacrifiqué ese lugar de credibilidad para apostarle a un proyecto político con trayectoria histórica, solidez técnica y teórica, disposición y ánimo de lucha por la justicia, la dignidad y la emancipación de las mayorías. Sacrifiqué la ficción de neutralidad del centro por la traición de mi clase, pero mi rigurosidad, curiosidad política e indignación solo se han profundizado.

Yo también fui de centro hasta que empecé a tomarme la política en serio, dejé de mirarme al ombligo, entendí los intereses de mi clase y comprendí mejor la raíz de la violencia sociopolítica y la razón de la reproducción de la desigualdad. Yo dejé de ser de centro el día que entendí lo que significa sentarse a hablar con la gente sin ser la experta que trae soluciones a temas que ni conoce. Fui de centro hasta que me senté en una asamblea a escuchar y aprender. Fui de centro hasta que entendí que este país, efectivamente, no se poblaba de millones de ‘yo’s’, como mi educación, soterradamente, me lo hizo creer. Fui de centro hasta que entendí que esto poco y nada se trataba de mí; la política es la acción colectiva y mi posición ahora está con las mayorías.

Que rime y que se pueda…

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