LA TRADUCCIÓN LITERARIA COMO OFICIO
En el mes de abril, El País publicó una breve entrevista a Concha Cardeñoso, traductora que se ha hecho conocida recientemente por haber traducido el libro ‘Hamnet’ de Maggie O’Farrell al español. En esta entrevista habló en detalle del oficio de traducir y de las vicisitudes a las que se enfrenta en tiempos de desarrollo tecnológico.
Cardeñoso dice de su trabajo que es “antiguo, imprescindible y ninguneado”. Tiene razón. Hasta hace relativamente poco no era común ver el nombre del traductor acompañando al del autor en la portada de un libro. Somos pocos, tal vez los más obsesionados con los detalles, los que nos fijamos en este tipo cosas. Adquirir un libro bien traducido requiere un esfuerzo adicional de búsqueda y es más caro.
Foto: Instagram de Maggie O'Farrell.
La gente no suele ser consciente, cuando lee libros en idiomas diferentes al original, de que está leyendo también el trabajo del traductor o traductora de esa obra. Lo cierto es que la traducción literaria incorpora una enorme labor creativa. Es por ello que me resulta extraño que sea uno de los trabajos en mayor riesgo de ser reemplazado por la inteligencia artificial.
Traducir es más que pasar palabra por palabra de un idioma al otro. Traducir, especialmente si de textos literarios se trata, requiere entender la obra como un todo, desentrañar la intención del autor para poder plasmarla con exactitud, conservar el ritmo y el estilo sin dejar de ser fiel al texto y encontrar el término que encapsule el significado de una palabra que puede no tener un equivalente exacto en otro idioma.
En ‘El aprendizaje del escritor’ de Jorge Luis Borges, que es un libro que recoge las transcripciones de un seminario de escritura dictado por el autor en la Universidad de Columbia en 1971, hay un capítulo dedicado a la traducción. En este seminario participó también el que fuera el traductor al inglés de Borges, Norman Thomas di Giovanni. Allí relatan, de manera exhaustiva y fascinante, su trabajo colaborativo de traducción de los cuentos del autor argentino, el cual resulta aún más interesante si recordamos que Borges fue un ávido conocedor de la lengua inglesa y que en muchas ocasiones las frases que terminarían convirtiéndose en cuentos o poemas se manifestaron primero en su cabeza en el idioma inglés.
Foto: Museo Nacional de Bellas Artes.
En este texto, Borges expone las que son, según él, las dos formas legítimas de traducir: la traducción literal y la recreación. Borges tradujo muchos libros en su vida y fue siempre más propenso a la recreación que a la traducción literal, pues consideraba, especialmente tratándose de poesía, que las traducciones no podían ser literales sin perder el sentido. En una entrevista sobre la traducción, dijo:
De acuerdo a los diccionarios, los idiomas son repertorios de sinónimos, pero no lo son. Los diccionarios bilingües, por otra parte, hacen creer que cada palabra de un idioma puede ser reemplazada por otra de otro idioma. El error consiste en que no se tiene en cuenta que cada idioma es un modo de sentir el universo o de percibir el universo.
Hay todo un debate en el mundo literario alrededor de la traducción hecha por Borges de ‘Orlando’ de Virginia Woolf, en la cual se tomó muchas licencias creativas, y a la cual decidió (quién sabe si consciente o inconscientemente) vaciar de su contenido político y feminista suprimiendo, por ejemplo, pronombres elegidos por la autora* para hacer críticas a los roles de género socialmente impuestos. Borges priorizó, en la labor de traducción, su propia visión conservadora del mundo sobre la intencionalidad, ya revolucionaria en su época, de Woolf. Existe entonces la posibilidad de que la traducción pueda usarse también como una forma de censura.
Foto: Interferencia.cl
Más allá de las imprecisiones, deliberadas o no, de una traducción, entre un idioma y otro puede haber distancias que hagan difícil entender el contexto de una obra. Es deber del traductor explicitar y, de ser necesario, ajustar la redacción para aclarar ese contexto. También puede que existan cosas simple y llanamente intraducibles. Después de todo, cada idioma configura a su vez una forma específica de entender el mundo y de relacionarse con él.
Me pregunto qué tan precisamente logra una traducción de ‘Cien años de soledad’ al inglés transmitir la forma de vida que García Márquez buscó reflejar en sus páginas. Una forma de vida cargada de mística y marcada por un contexto político concreto que para los colombianos (y me atrevería a decir que para los latinoamericanos) resulta familiar y cercana, pero que para un estadounidense o un europeo puede ser completamente ajena. Hay cosas que, inevitablemente, se pierden en la traducción, pero no por ello el esfuerzo incansable del traductor por conservar la mayor cercanía con la obra original es menos admirable.
Es tal vez por estas distancias, en ocasiones insalvables, que cuando en una entrevista, Eduardo Lago (crítico literario y traductor) le preguntó a David Foster Wallace sobre una traducción al español que se había hecho de su libro ‘La niña del pelo raro’, este dijo:
Me siento muy lejano de cuanto tenga que ver con todo tipo de traducciones, porque cuando se lee una traducción —sin ánimo de ofender, ya sé que usted tradujo El plantador de tabaco, de Barth—, lo que el lector disfruta no es el trabajo del autor sino el del traductor. Hablo sobre todo como lector de poesía. Si no se lee el original, no se lee nada que tenga que ver ni remotamente con lo que hizo el autor.
Aunque considero más o menos acertado el planteamiento de Foster Wallace, su consecuencia práctica, que es la de no leer traducciones, me parece inaceptable. Existen más de siete mil idiomas y cada uno representa una forma particular de entender el mundo. La traducción tiene el poder de abrirnos las puertas a las miles de posibilidades que habitan los libros escritos en cualquier idioma y en cualquier rincón del planeta. Qué lamentable sería limitarse, por voluntad propia, a leer solo las obras escritas originalmente en el único idioma que se domina. La traducción literaria es la única forma que tenemos de acceder a obras de la literatura universal que de otra forma no podríamos leer. Por eso es y seguirá siendo mucho más que un trabajo mecánico. Se trata de un oficio que requiere técnica, pero también imaginación y que, cuando está bien hecho, puede ser un arte.

