FRIEREN: CUANDO LA ÉPICA TERMINA Y EMPIEZA LA VIDA

por Carlos Ariel Bautista

Frieren: más allá del final del viaje es uno de los animes más comentados del momento. Basado en el manga homónimo, su éxito no radica en las grandes batallas ni en los giros espectaculares, tan comunes en este tipo de historias, sino en dos preguntas simples y a la vez inquietantes: ¿qué pasa cuando la épica termina? ¿Qué sigue después de derrotar al gran villano, de salvar al mundo, de cumplir el objetivo que daba sentido a toda la historia? Sin querer spoilear, Frieren propone una reflexión que rara vez ocupa el centro del relato: la importancia de las pequeñas cosas, de aquello que ocurre cuando, aparentemente, no ocurre nada.

Fuente: frieren-anime.jp

La aventura del día a día

En el mundo mágico de la elfa hechicera Frieren, la paz regresó después de que ella, junto con otros tres héroes -Himmel, Heiter y Eisen- derrotaran al Rey Demonio tras una aventura de diez años. Una vez conseguido su objetivo, el grupo se separa y cada uno sigue su propio camino, con la promesa de reencontrarse cincuenta años después para presenciar una lluvia de meteoritos. Con este compromiso comienza la historia.

Al acompañar a la poderosa maga en su viaje, se nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la condición humana desde la perspectiva de un ser solitario, acostumbrado a vivir miles de años. ¿En qué nos fijamos cuando el tiempo no nos apremia? ¿Qué significado le damos a los hechos cotidianos cuando ni siquiera las décadas parecen tener peso? Estamos acostumbrados a pensar nuestras vidas a partir de momentos excepcionales: crisis, logros, derrotas, alegrías intensas. Construimos nuestra memoria -y muchas veces nuestra identidad- alrededor de esos instantes. Sin embargo, estos ocupan solo una fracción mínima de nuestra existencia. La mayor parte de la vida transcurre en actos pequeños, repetitivos, casi invisibles.

Tomar un bus todos los días parece una actividad simple, carente de misterio, pero basta con detenerse un segundo para advertir la cadena de hechos enorme, compleja e incluso difícil de imaginar que debe ponerse en marcha para que esa simpleza exista. Para que podamos utilizar el transporte público temprano una mañana y llegar a tiempo a nuestro destino, alguien tuvo que levantarse antes de que amaneciera. Hubo mantenimiento, planificación, turnos; decisiones que no vemos ni pensamos, pero que están ahí. Todo esto, sin embargo, desaparece cuando alguien nos pregunta cómo nos fue y respondemos, casi automáticamente: “todo bien, nada raro”.

Desde una perspectiva de miles de años, la aventura de Frieren y sus compañeros duró apenas una década y, de ese tiempo, el combate contra el Rey Demonio seguramente ocupó solo unos días, o incluso horas o minutos. Sin embargo, la aventura fue mucho más que ese enfrentamiento final. Las personas que conocieron, los pequeños retos que enfrentaron y los aprendizajes en territorios desconocidos son los actos mínimos que le dan forma y color a la experiencia.

No solo está la aventura en sí, sino también toda la preparación previa necesaria para hacerse merecedores de ella. Frieren, al igual que sus camaradas, tuvo que formarse mucho antes de asumir ese viaje, incluso antes de saber que formaría parte de él.

Asimismo, e incluso cuando nuestra vida es marcada por uno de esos momentos excepcionales, lo cierto es que la vida continúa. Nuestro camino con Frieren inicia justo después de que los libros de historia den la épica por concluida. Ella y sus compañeros, al igual que todas las personas que encuentran en el camino, continúan viviendo, aunque la mayoría de ellos no serán siquiera recordados.

Fuente: frieren-anime.jp

Sin épica, ni aplausos: melodía cotidiana

Son en estas pequeñas cosas donde se juega la vida. Basta con detenernos un momento en ellas para descubrir algo maravilloso. En especial, porque nosotros, la mayoría de nosotros, vivimos en estos pequeños momentos.

La historia de Frieren nos enseña a mirar y a escuchar de otro modo. Tal vez, en la ruta que recorremos todos los días, haya una puerta o una fachada que cuente una historia. Tal vez, en ese sendero haya una combinación de formas, colores y materiales que no es accidental y que habla de quienes la construyeron y de quienes la habitan o la habitaron.

No es solo lo extraordinario, sino también lo rutinario. No es solo la hazaña, sino también el hábito.

Al final, la vida -como nos recuerda Frieren- no ocurre en el clímax del viaje, sino a lo largo de todo el recorrido. No debemos ignorar ni despreciar lo que sucede cuando ya no hay aplausos, cuando nadie está mirando, cuando simplemente seguimos viviendo. No debemos borrarnos, a nosotros mismos, de la historia, la memoria y el relato.

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