EN BÚSQUEDA DE LA RAÍZ DE LA ESPERANZA GENUINA

por Juliana Machado

Golpe a golpe, verso a verso. Con las ganas y el aliento. Con cenizas, con el fuego del presente con recuerdo. Con certeza y con desgarro, con el objetivo claro. Con memoria y con la historia. El futuro es ahora. Ana Tijoux (2011), Shock

Cuando Naomi Klein habla del shock como fenómeno en su libro Doctrina del Shock, nombra dos tipos de eventos en clave de lo social: eventos políticos, como la hiperinflación, o hechos naturales, como los terremotos. En Colombia en estas últimas semanas vivimos los dos acontecimientos: la elección del presidente Abelardo de la Espriella, nuestra propia figura de ultraderecha con una afinidad particular por la espectacularización de la política más reaccionaria posible, y el terremoto más fuerte que ha sentido el país en décadas.

Decir que estamos en shock sería poco.

Para Klein, ser víctimas del shock deviene en una suerte de trauma que deja a las personas paralizadas, o psicotizadas. Es decir, con una incapacidad de discernir los estímulos internos de los externos, o dicho de otra manera, con dificultades para anclarse en la realidad.

En lo individual parecería que el shock nos hace perder la cordura, y en lo político habilita una serie de políticas que la autora llama corporativistas, cuyo objetivo es deshacer cualquier protección social o indicios de políticas de izquierda. Su tesis es sencilla: si te estás recuperando, individual y socialmente, de un desastre natural o de un golpe político desestabilizador, no vas a tener ni el tiempo ni la energía para notar – y mucho menos combatir – la privatización de la vida y el desmantelamiento del estado de bienestar. El individuo sufre y el capitalismo rapaz toma ventaja.

Podríamos decir que estamos desesperanzados, profundamente tristes, sin noción clara de cómo seguir, o de cómo volver a imaginar un futuro esperanzador. A muchos les he escuchado decir, ante la situación actual, “he estado disociando de todo lo que está pasando”. Claramente no están haciendo uso de la palabra disociar en el contexto clínico, que ocurre sin la voluntad de quien lo sufre, pero me atrevería a decir que están queriendo decir que están usando cualquier estímulo externo posible para no poner su atención sobre la situación política actual. Y mientras tanto el fascismo sigue avanzando.

Sabemos que la esperanza es una apuesta política. La pregunta que me surge a mí no es sobre si tener esperanza o no, sino sobre cómo cultivarla ante el shock tanto personal como político al que nos enfrentamos.

El psicoanálisis nos propone más bien pensar la ilusión (Winnicott, 1971, en Brainsky y Padilla, 2016) que es algo así como la capacidad de percibir algo, o construirlo en el mundo, justamente porque lo puedo imaginar; “la ilusión es, por lo tanto, una de las raíces más profundas de la esperanza genuina” (p. 73).

La esperanza entonces no es solamente la idea de que las cosas pueden estar mejor, sino el ejercicio activo de imaginar cómo pueden estar mejor y atreverse a darle forma a esa visión. A su vez, el ejercicio de materializar la esperanza debe reconocer que la ilusión trae consigo su carga de frustración y de desilusión.

Es justamente en ese ejercicio de frustración que entendemos que nuestra voluntad no construye el mundo, elemento fundamental de la diferenciación psíquica psicoanalítica. Sin embargo, es a su vez la ilusión y la constante puesta en prueba de esa ilusión en el mundo real lo que nos permite colectivamente, si las condiciones son óptimas y las correlaciones de fuerza se alinean, cambiar algo.

Aunque el psicoanálisis en esta ocasión habla de lo personal, esta lectura es profundamente pertinente para el momento político actual; ante la percepción de desagenciamiento que podemos estar sintiendo en este momento, es fundamental entrenar la ilusión del cambio político a través de la acción colectiva con vocación revolucionaria. Sin embargo, esta vocación debe reconocer la paradoja psicoanalítica: el mundo no cambia solo porque yo así lo quiera, y al mismo tiempo sin el ejercicio colectivo de la puesta en marcha de la voluntad no hay cambio político posible.

¿Cómo manejar esa paradoja? Para Brainsky y Padilla (2016), “la ilusión surge como pilar estructurador del individuo cuando éste siente que crea el mundo que, paradójicamente, se encuentra allí para ser creado” (p. 73). Es decir, la ilusión requiere de una lectura del mundo fuera de mí que me permita saber si aquello que imagino está efectivamente dentro de los límites de lo posible.

Esta práctica de interactuar con el mundo con barreras flexibles pero reales entre el adentro del mundo psíquico y el afuera se ve más claramente en el ejercicio del juego. Para el psicoanálisis “el puente que unirá estrechamente las áreas del mundo creado y el mundo real permitiendo vivir en las dos es el juego” (p. 74). Es en el juego donde interactuamos con las reglas que nos permiten cooperar, competir, ganar y lidiar con la frustración; y es allí donde también hacemos uso de la creatividad para crear nuevas vías de lograr el objetivo, siempre en un ejercicio de vinculación con los demás. Los juegos son ejercicios de creatividad y cooperación más o menos normados. Así mismo pueden transformarse con el tiempo o el contexto en el que se juegan, pero pierden el sentido si no tienen algún tipo de acuerdo conjunto sobre cómo participar, sobre cómo jugar; es decir, siempre tendrán límites a la acción.

Hay otro elemento del juego que me resulta pertinente para este contexto y es que el juego requiere construir acciones a partir de pasos que se acumulan; un juego pierde sentido –o deja de ser muy interesante– si con una sola acción aleatoria se gana y se termina. Para jugar hay que ir construyendo pasos sobre el juego mismo, el pensamiento mágico de la victoria requiere pequeños éxitos reales que se van desarrollando en el ejercicio mismo del juego.

Aún más, podríamos decir que esta práctica de la ilusión se conecta con el quehacer erótico en clave de la teorización de Lorde. Según esta autora, el erotismo es el medio material (sensual) que permite conectar la trascendencia con lo político-cotidiano, es la capacidad de compartir colectivamente una experiencia, de conectar con el placer, la dicha y el disfrute, es energía creativa que nos permite sentir que estamos vivos, no sólo sobreviviendo. En palabras de Lorde, lo erótico es “una afirmación de la fuerza vital de las personas; de esa energía creativa empoderada, el conocimiento y el uso de la cual estamos recuperando ahora en nuestro lenguaje, nuestra historia, nuestra danza, nuestro amor, nuestro trabajo, nuestras vidas.” (p. 40).

Por ende, si el juego es el cómo de la ilusión, lo erótico es el motor mismo del juego. Debe haber entonces un componente de disfrute trascendente, de interdependencia, de conexión con el otro y de creatividad en el ejercicio del juego mismo, así como lo debe haber en la imaginación de un mundo mejor. Tomando elementos de Fisher (2024), podríamos decir que este ejercicio del quehacer erótico es un esfuerzo por quitarle la noción del deseo al capitalismo –que lo equipara al consumo–, e introducirlo como pilar fundamental de una sociedad poscapitalista posible.

Así las cosas, para cultivar la ilusión que nos permita sacudir tanto la parálisis como la psicotización producto del shock, requerimos de un ejercicio del quehacer colectivo que habilite la creatividad y la puesta en marcha de lo que imaginamos, dentro de una lectura sensata de los límites de la realidad. Necesitamos un ejercicio de interdependencia que soporte la frustración del fracaso –la prueba y el error de la puesta en marcha de la ilusión– pero así mismo sepa aprender de los errores para no caer en ejercicios de repetición innecesarios. Ahora, nada de esto es posible sin la experiencia erótica y trascendente de la construcción colectiva, de la unión de voluntades que se rebelan ante la presión del capitalismo voraz.

Finalmente, la canalización de esta práctica requiere que sepamos construir procesos que no caigan ante el pensamiento mágico de una revelación de una acción que resuelva todo, sino que se permita soñar con la victoria porque sabe construir éxitos cotidianos que van creando el camino.

La esperanza no es una forma de positivismo tóxico, es una exigencia colectiva de la imaginación erótica y rigurosa que nos asegura que otro mundo es posible porque, paradójicamente, está allí para ser creado.

Referencias

Brainsky, L., & Padilla, J. R. (2009). El sentido tras el dolor corporal: Psicoanálisis, enfermedad psicosomática y esperanza. Cargraphics.

Fisher, M. (2024). Deseo postcapitalista: Las últimas clases. Caja Negra Editora.

Klein, N. (2007). La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. Ediciones Paidós.

Lorde, A. (2003). Usos de lo erótico: lo erótico como poder. En La hermana, la extranjera (pp. 37–46). Madrid: Horas y horas.

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