EL PERFORMANCE DEL TIGRE
Hasta que Abelardo de la Espriella fue elegido presidente de Colombia, sus apariciones en televisión como abogado defensor y su cameo en la película de Juanpis parecían chistes mal contados. Un cantante de ópera que dejó atrás el ateísmo y aceptó sin regañadientes la misión celestial de salvar la patria. Su interpretación de Hallelujah, una canción autobiográfica (¿y profética?) de tres minutos cuarenta segundos, lanzada a finales del 2021 y en donde De la Espriella conduce una embarcación vacía por el río Sinú y monta un caballo blanco por una hacienda tradicional, presenta el mensaje del hijo pródigo y en armonía con el Señor.
Volvamos a la interpretación. Su voz se cuida de representar una falsa conversión. Alza su mirada al cielo y observa el horizonte que le espera: una pradera semivacía con una que otra res que hace sesenta años representó la punta de lanza de la ganadería colombiana. La canción, de intención divina, narra los deseos del futuro gobernante: la fe cristiana, cero corrupciones, una familia tradicional, el final de la guerra (¿o la paz armada?) y el castigo severo a quienes evadan el camino de Dios.
El tigre sueña que debe guiar a la nación por el camino correcto. Abelardo de la Espriella se encuentra maravillado por su propia conversión: inclina sus brazos y hace una reverencia al río y a las vacas, se quita el sombrero antes de ingresar al templo de Dios, coloca su voz de tal manera que evoca una genuina esperanza y la certeza de nueva vida. Se extiende en consideraciones políticas y así lo demostró cinco meses después en el final de campaña del entonces candidato presidencial Fico Gutiérrez en Barranquilla. “Viene la cereza del postre”, dice la presentadora. “Todo un personaje” que nombra una a una las virtudes del exalcalde que fueron insuficientes para derrotar al monstruo de las bolsas negras. Este evento dejó claras dos cosas: Fico nunca fue el llamado a liderar la naciente derecha radical en Colombia y Abelardo nunca dudó de mostrar su potencial sexual y su odio enfermizo contra la izquierda.
Pero de todas las escenas que podemos escarbar para hacernos una idea del presidente De la Espriella, ninguna describe mejor su carácter que su cameo en la película de Juanpis.
Aparece sosteniendo con su mano derecha, y a la altura del vientre, una copa de alcohol de la que se usa para servir whisky. En la cara la sonrisa del deber cumplido. Nos preguntamos si alcanzó a imaginar que dos años después ese gesto sería la estampa de sus videos virales. Espera a Juanpis y lo acompañan “tres políticos” y la mano derecha de Juanpis “Iváncito”. En las sombras pero tocado por la luz del Señor, espera su momento. La mano izquierda la guarda en el bolsillo del pantalón. Viste un traje de color azul noche, un tono clásico, profundo, que contrasta directamente con la ventana detrás suyo. Toda la luz de la escena está en el centro y él aparece con esa risita de satisfacción ante la entrada triunfal del presidente.
Un saludo para el gobierno del “change”. El presidente hace un comentario sobre sus edades y despide a los políticos con agradecimiento. Mientras, Abelardo se queda tras escena, delante de la ventana y bebe su primer shot. La cámara regresa a la anterior posición y ahora Abelardo aparece detrás del presidente. Pareciera que la atención se la lleva el primer mandatario. Abelardo se voltea para servirse otro trago. La cámara enfoca por un segundo la mesa y nos damos cuenta de que no era un whisky lo que tomaba Abelardo, era su “Ron Defensor” que está medio lleno. ¿Cuántas veces grabaron esta escena? El tigre saca su mano izquierda del bolsillo para sostener la copa y con la derecha se sirve otro trago.
“Por fin soy dueño de este platanal, ¿no? Se siente ese olor a poder” dice Juanpis, y Abelardo lo corrige de inmediato: “el buqué, el buqué”. Así demuestra su elegancia y nos hace saber que conoce el aroma de los vinos de alta calidad. Luego, levanta al aire la copa con la mano izquierda y, con gracia y respeto al presidente, hace un brindis. Segundo shot. ¿El tigre es ambidiestro? Quizás estamos sobreanalizando la escena.
El presidente se sienta en una de las sillas a la derecha de Abelardo. Este vuelve a cambiar la copa a su mano derecha, para soltar una frase que en la política colombiana representa la ley de hierro durante el primer año de gobierno: “el presidente tiene el 70% de apoyo de los partidos tradicionales, lo cual le va a permitir tener TOTAL GOBERNABILIDAD”… hace un énfasis zalamero, como el genio de la flauta que todo gobernante desea poseer.
La escena es acompañada por una melodía de violín, una música clásica impostada. ¿Aberlardo actuó o se presentó como es en este sketch de Juanpis? Ahora sigue la reunión con la bancada de la oposición, los progresistas. El Tigre le dice a su jefe político que no lo acompaña, porque le da “urticaria” todo lo que huela a izquierda. Una frase que le sale de los cojones.
Dos años después, este personaje rompió la cuarta pared y el espectáculo montado que parecía ser impostado terminó siendo realidad. Alterada con esteroides de algoritmos, inundaba con millones de luces y frases pegajosas al ritmo de tambores ultranacionalistas que hacen vibrar los corazones de millones de patriotas. La ilusión autoritaria tiene la magia de convencerte de lo que no eres capaz de hacer, elegir o imaginar por el bien de la patria: la destrucción física de tu enemigo político. Y a nosotros, quienes asumimos sin vergüenza ser de izquierdas, nos declaró su objetivo militar.
¿Este chiste sobre la urticaria escondió debajo del tapete el odio radical y la pulsión de muerte contra el opositor político? Bajo esta máscara Abelardo pudo expresar sus posiciones antidemocráticas sin ser señalado y sobre todo, sin ser tomado en serio. Craso error.

