EL NOMBRE QUE QUISO SER MUNDO: BREVE HISTORIA DEL TERCERMUNDISMO

por Nicolás Serrato

“No sea tercermundista, Armando”. La primera vez que escuché esa frase me hizo reír. Era una noche de principios de los dos mil, tenía a lo sumo 11 años y como media Colombia, ocupaba las noches viendo Betty, la fea. En la escena, Hugo Lombardi le reclamaba a Armando Mendoza por lo que consideraba una actitud atrasada. En ese momento no sabía nada sobre la historia y la densidad política de esa palabra: “tercermundista”. Mucho menos imaginaba que, lejos de ser un insulto, guarda una potencia inesperada para pensar, y quizás volver a construir, un mundo distinto.

Un nombre impuesto para un sueño latente

El término Tercer Mundo aparece por primera vez en el ensayo Tres mundos: un planeta del francés Alfred Sauvy, publicado originalmente en la revista L'Observateur el 14 de agosto de 1952. En este, el autor presenta una analogía entre los países subdesarrollados y el llamado Tercer Estado del orden social del medioevo, que recogía a la servidumbre en contraposición con el Primer y Segundo Estado, que agrupaban al clero y a la nobleza.

Trayendo este arquetipo del medioevo, Sauvy asoció en su artículo al occidente capitalista al primer mundo y al bloque socialista al segundo. Así nació el Tercer Mundo como concepto: el conjunto de países que están para servir. Por eso, Sauvy describe la relación del primer y segundo mundo con el tercero como meramente instrumental: no son relevantes las condiciones de vida que allí se experimentan, mientras se pueda garantizar su adhesión a alguno de estos dos proyectos hegemónicos. A pesar de la mediocre caracterización de las relaciones políticas y económicas entre los tres mundos, Sauvy acertaba en reconocer el espíritu de la época: un hartazgo en los países colonizados, que “ignorados, explotados, despreciados como el Tercer Estado, aspiran, también, a ser algo”.

Una aspiración colectiva que se volvió un “nosotrxs”

Lejos de ser un proceso lineal, la formación del tercermundismo fue un proceso complejo, marcado por hitos en los que comenzó a construirse una agenda común. Un impulso clave a esta agenda ocurrió luego de la Segunda Guerra Mundial, punto de ruptura para las dinámicas imperiales europeas. Las deudas heredadas de la guerra, los costos de mantener el control político y militar de las colonias y los cambios en su inserción en el capitalismo internacional contribuyeron a su debilitamiento. Más allá de cuál factor haya pesado más, lo cierto es que este proceso tuvo como correlato una respuesta de resistencia global: el auge de los movimientos por la liberación nacional.

Este momentum emancipatorio tuvo su primera cúspide en la Conferencia Afroasiática ocurrida en Bandung, Indonesia, en abril de 1955. Allí, representantes de 29 Estados, algunos de ellos recién independizados, se reunieron sin la presencia de las potencias coloniales para fortalecer la solidaridad entre los países que recién ganaban su independencia o luchaban por ella.

¿Pero qué podría significar ese “finalmente ser algo” en el contexto de la descolonización? En este caso el rechazo del orden colonial pasaba por la construcción de Estados soberanos. Sin embargo, a diferencia de la estatalidad europea, en donde la nación se consolidaba bajo la idea de la homogeneidad racial y cultural, estas nuevas naciones no podían construirse sobre una uniformidad simplemente inexistente.

Los territorios de las colonias y los pueblos que allí residían no correspondían con la imposición administrativa trazada con regla y compás por las potencias en la época colonial. Sin embargo, sí había una experiencia compartida, y era la misma vivencia de la colonización: un trasegar histórico surcado por el despojo, la expoliación del trabajo y las relaciones de subordinación a la metrópoli. Y así se termina de consolidar ese “finalmente ser algo” del tercermundismo: se es Estado para no ser colonia.

Y si la vivencia de la colonización era la piedra angular de los Estados del Tercer Mundo, su horizonte debía ser, por definición, internacionalista. De allí emergieron los tres pilares del espíritu de Bandung: la soberanía, como capacidad de definir los fines de la nación; la no alineación, romper los lazos de dependencia geopolítica entre bloques; y el multilateralismo, construir un orden mundial basado en la paz y la justicia entre naciones.

Kwame Nkrumah en belgrado

Fuente: Archivo Nacional de Serbia

Ser mundo no se concede, se conquista

A la apuesta del Tercermundismo que nació de Bandung no le bastó con los ideales de soberanía, multilateralismo y no alineación. En la práctica, no es posible “ser algo” en el vacío, siempre se es en oposición a algo. Y en este caso, a un régimen político-económico muy poderoso. Las viejas potencias europeas y el nuevo poder hegemónico que surgía en el mundo, Estados Unidos, se negaban a rescindir su control sobre los territorios previamente colonizados. A fin de cuentas, eran quienes poseían los recursos necesarios para garantizar el funcionamiento del capitalismo global.

El avance pacífico de la descolonización comenzó a verse obstaculizado por una reacción violenta: el asesinato de Patrice Lumumba en el Congo, el golpe contra Kwame Nkrumah en Ghana y la intensificación de guerras como la de Argelia son solo algunos ejemplos de la respuesta. Ante este panorama, resultaba evidente que no era suficiente agitar las banderas de la soberanía. Las condiciones de la lucha obligaban a considerar todos los medios posibles, incluyendo, con todas sus tensiones, la lucha armada. Este giro se materializó en la Primera Conferencia Tricontinental, celebrada en La Habana entre el 3 y el 15 de enero de 1966, que reunió a más de 500 delegados de 82 países de África, Asia y América Latina.

El resultado fue significativo: el tercermundismo se transformó en una apuesta radical por la emancipación colectiva y por la construcción de un orden mundial diferente. Si el espíritu de Bandung estaba marcado por la soberanía y el multilateralismo, el de La Habana incorporó con fuerza la dignidad humana y la lucha de clases. En su declaración política se reconocía “el derecho inalienable de los pueblos a la total independencia política y a recurrir a todas las formas de lucha que sean necesarias, incluyendo la lucha armada”.

Y sí, en esta época la carga de la violencia estaba en el otro lado de la balanza. Las Naciones Unidas no eran críticas directas de la lucha armada de los pueblos ocupados. Por el contrario, la crítica de la resolución a la fuerza se dirigía a los imperialistas, cuya violencia justificaba la respuesta de los colonizados.

Los resultados del período de la Tricontinental no fueron solo discursivos. Varios procesos de liberación nacional avanzaron en países como Guinea-Bissau, Mozambique, Angola o Nicaragua, evidenciando que el proyecto tercermundista no era solo una aspiración, sino una realidad en construcción. Aún más, la derrota de Estados Unidos en Vietnam mostraba que incluso una victoria militar frente a una potencia estaba en el terreno de lo posible.

Tricontinental

Fuente: Granma International

La soberanía hipotecada

La soberanía heredada de Bandung y profundizada en La Habana por la Tricontinental se enfrentaba a las dinámicas económicas. Particularmente dos: el intercambio desigual, pues los países del Tercer Mundo exportaban materias primas con precios fluctuantes y dependían de la producción industrial de las antiguas metrópolis, mucho más estables en precio; y la arquitectura financiera internacional, que obligaba, en la práctica, a que el intercambio se hiciera en las monedas de los colonizadores.

Suena curioso, pero para “ser algo” se necesitan dos. Si una de las partes no te reconoce y es más poderosa, puedes ser borrado. Esta dinámica ya la advertía Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, al hablar sobre el neocolonialismo, pues la independencia formal no era una garantía de soberanía, en tanto el sistema económico doméstico y su aparato político estaban fuertemente condicionados por lo que ocurriera fuera de él.

Y no fue una profecía autocumplida: el orden colonial encontró nuevas formas de sostenerse. Ya no a través de la economía de enclave, sino mediante la financiarización de la dependencia y su principal instrumento: la deuda. Los países del llamado Tercer Mundo quedaron atrapados en una arquitectura financiera internacional que los obligaba a endeudarse en monedas que no controlaban para financiar importaciones que no podían sustituir.

Durante la década de 1970, bancos de Estados Unidos y Europa otorgaron préstamos masivos a países en desarrollo, impulsados por la abundancia de liquidez derivada del reciclaje de petrodólares. Lo que en un inicio parecía una oportunidad para invertir en el desarrollo nacional se transformó rápidamente en una trampa. Y la estocada final fue recibida a comienzos de los años ochenta, con el aumento abrupto de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos, que triplicó los costos del servicio de la deuda. La apreciación del dólar encareció aún más las obligaciones externas, mientras la caída de los precios de las materias primas deterioró los términos de intercambio. El resultado fue un círculo vicioso: nuevos préstamos para pagar deudas antiguas, una verdadera bicicleta financiera a escala global.

La “solución” no tardó en llegar, y fue igualmente devastadora. El “ser algo” de los países del Tercer Mundo viró de la soberanía a la asistencia. Eres Estado, pero eres fallido y debes aceptar el remedio de los especialistas: los programas de ajuste estructural. La cura fue peor que la enfermedad. En África, América Latina y partes de Asia, estos programas trajeron consigo recesión, debilitamiento de las políticas sociales y una renovada dependencia. Con ello no solo se erosionaron capacidades económicas, también se desdibujó, quizás de forma definitiva, el horizonte político que el tercermundismo había intentado construir.

posteres conmemorativos

Fuente: Nicolás Serrato

De sujeto político a adjetivo calificativo

Volvemos a la noche de principios de los dos mil en Bogotá, Colombia, Suramérica, Tercer Mundo. La frase aún retumba: “no sea tercermundista, Armando”. En algún momento el Tercer Mundo dejó de ser un lugar para habitar y se convirtió en un lugar del que había que escapar. Ya no era el nombre de un proyecto político en construcción, sino la etiqueta de todo aquello que el mundo desarrollado decía haber superado: la pobreza, el desorden, la improvisación.

Las derrotas políticas, los golpes de Estado, la crisis de la deuda y la reconfiguración del poder global no solo desarticularon una agenda común; también vaciaron de contenido una palabra que alguna vez había condensado una aspiración colectiva. Lo que antes nombraba una posibilidad, el deseo de “ser algo” recogido por Sauvy empezó a nombrar una carencia. Y así, casi sin darse cuenta, generaciones enteras crecieron escuchando la palabra “tercermundista” como un reproche.

Y aunque ya no suena igual, no debemos olvidar que hubo un momento en que el Tercer Mundo no era un lugar en el mapa ni una condición que superar, sino una apuesta colectiva por encontrar un lugar, nuestro lugar, en el mundo y transformarlo en conjunto. Quizás ese impulso no se extinguió: solo cambió de forma. Persiste en los bordes, en las resistencias dispersas que se reconocen sin haberse visto y que se hablan sin compartir idioma. De Gaza a La Habana, de Buenaventura a Luanda, hay hilos invisibles que siguen tejiendo la misma pregunta: cómo ser algo juntos en un mundo que insiste en fragmentarnos.

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